Cuando estaba en Estados Unidos participando en el programa de aceleración Techstars, una de mis mentoras fue Julie Penner. Con el tiempo, más allá de la relación mentora–emprendedora, construimos una amistad muy bonita donde compartimos conversaciones profundas sobre la vida y experiencias transformadoras.
Julie acompaña a startups de todo el mundo desde un enfoque profundamente humanista, muy ligado al liderazgo consciente. No se centra solo en qué construimos, sino desde dónde lo hacemos. En uno de nuestros encuentros me compartió un artículo que ella estaba escribiendo sobre las motivaciones que llevan a una persona a emprender: las que nacen desde la luz y las que nos impulsan desde la sombra.
Julie explica que ningún emprendedor emprende desde un único lugar. Todos tenemos una combinación de impulsos más luminosos, conscientes y expansivos, y otros más inconscientes, ligados al miedo, la inseguridad o la necesidad de validación.
En la luz están motivaciones como la pasión por crear algo con sentido, el deseo de dejar un legado, de generar impacto positivo, de compartir un camino con otros o de expresarse con libertad. También aparece el reto: el crecimiento personal y el aprendizaje constante que supone emprender. Para muchas personas —y claramente para mí— emprender es una forma de ponerse a prueba, de crecer, de enfrentarse a lo desconocido y aprender en el proceso. En su versión más sana, estas motivaciones nacen del amor, la curiosidad y la visión.
Pero Julie también pone palabras a lo que muchas veces no se dice en voz alta: las motivaciones en la sombra. La búsqueda de aprobación —especialmente de figuras parentales—, el deseo de demostrar algo, el miedo a volver a la escasez económica o la necesidad de control e independencia absoluta. No lo hace como un juicio, sino como una invitación a mirarlas con honestidad, porque todas ellas influyen directamente en cómo construimos nuestros emprendimientos y en cómo nos relacionamos con el éxito y el fracaso.
Leer ese texto fue como mirarme en un espejo que no siempre apetece mirar, pero que agradeces cuando lo haces con consciencia.
En la luz, me reconocí fácilmente. Emprendo porque necesito compartir mis pasiones con el mundo. Porque creo profundamente en promover una vida más consciente, más conectada con la naturaleza, más alineada con la Madre Tierra. Pero también porque el propio camino del emprendimiento me reta, me obliga a crecer, a aprender constantemente y a salir de lugares cómodos. Ese motor es real, honesto y sigue siendo muy fuerte.
Pero el texto de Julie también me llevó a reconocer motivaciones que estaban en la sombra.
Vi con claridad mi necesidad de control, de no depender de nadie, como una forma de esconder una vulnerabilidad que no había reconocido. Y, más profundo aún, el anhelo constante de aprobación de mis padres. Esa parte me removió especialmente.
Tuve una infancia difícil. Mi madre se quitó la vida cuando yo tenía dos años. Mi padre se volvió a casar y yo tenía la creencia de que mi madre adoptiva no me quería como a una hija biológica. Crecí sintiéndome en desventaja frente a mis hermanos, buscando su amor, su reconocimiento, una señal de que yo también merecía un lugar en su corazón.
Durante años, sin darme cuenta, el emprendimiento fue también una forma de demostrar, de validar, de intentar ganar ese “estoy orgullosa de ti” que nunca llegaría del todo. Cuando lo entendí, no lo ví como una herida, sino como una fortaleza. Y estoy segura de que lo fue.
Al leer el artículo de Julie, entendí algo clave: estas motivaciones, incluso las que viven en la sombra, no son necesariamente negativas. Son energía. Son combustible. Pero solo cuando somos conscientes de ellas, dejan de gobernarnos desde el inconsciente.
Ahí apareció para mí la metáfora del ancla… Cuando el mar está en calma, casi cualquier ancla sirve. Pero cuando el barco se mueve de verdad, cuando llegan las dudas, el cansancio o el miedo, la pregunta es otra: ¿qué ancla me sostiene? ¿Desde dónde estoy emprendiendo realmente? ¿Qué motivación es la que me mantiene a flote?
Mal gestionadas, estas sombras pueden debilitarnos. Bien miradas, integradas y comprendidas, pueden convertirse en una fuerza enorme, más honesta y más estable.
Emprender es uno de los mayores viajes de autoconocimiento que existen. Las startups no solo ponen a prueba nuestras ideas o nuestra capacidad de ejecución; exponen nuestras heridas, nuestros miedos y nuestras necesidades más profundas. Ignorarlas no las hace desaparecer. Mirarlas de frente, sí puede transformarlas y ayudarnos a comprender mejor desde dónde navegamos.
Quizá el verdadero liderazgo empieza ahí: en atrevernos a mirar nuestras luces y nuestras sombras con la misma honestidad, y elegir, cada día, desde dónde queremos seguir construyendo.