En los últimos meses se ha vuelto difícil tener una conversación empresarial en la que no aparezca la inteligencia artificial. Está en los comités de dirección, en los equipos de producto, en marketing, en operaciones, en ventas, en recursos humanos y en prácticamente cualquier compañía que esté pensando cómo quiere competir en los próximos años. Algo parecido ocurre con el cloud, los datos, la ciberseguridad o la automatización. Temas que hace no tanto quedaban en manos de áreas muy concretas hoy atraviesan toda la organización.
Ese cambio es positivo. Muestra que España ha avanzado y que la tecnología ha dejado de ocupar un lugar secundario en la agenda empresarial. También conviene mirarlo con cierta calma. Incorporar herramientas no transforma una compañía por sí misma. La transformación llega cuando hay personas capaces de entender bien esas herramientas, aplicarlas con criterio y convertirlas en mejores productos, procesos más eficientes, nuevos modelos de negocio o empresas con más capacidad de competir.
España tiene hoy una base mucho más sólida que hace una década. Hay buenas universidades, centros de formación más conectados con la realidad empresarial, profesionales muy preparados y startups que han ganado madurez. También hay una generación de fundadores tecnológicos más ambiciosa, más internacional y con más experiencia acumulada. Se nota en las conversaciones, en la calidad de los proyectos y en la manera en la que muchas compañías empiezan a pensar desde el principio en mercados más amplios.
Aun así, la velocidad de la tecnología es difícil de seguir. Lo vemos cuando una startup tarda meses en encontrar perfiles senior. Lo vemos cuando una corporación quiere acelerar su transformación digital y descubre que comprar soluciones externas no resuelve el problema si no hay capacidad interna para integrarlas. Lo vemos cuando hablamos de inteligencia artificial, datos, ciberseguridad, producto, ventas tecnológicas, growth u operaciones. Cada vez hacen falta perfiles más preparados, más especializados y, al mismo tiempo, más capaces de trabajar con otros equipos.
La inteligencia artificial ha hecho esta realidad muy visible. Hoy un equipo de marketing puede automatizar campañas, un departamento financiero puede analizar grandes volúmenes de información, un área comercial puede mejorar sus procesos y una startup puede crear prototipos con mucha más rapidez. Herramientas que hace pocos años parecían reservadas a perfiles técnicos están ya al alcance de muchos profesionales.
Esa accesibilidad abre una oportunidad enorme. También obliga a subir el nivel. Usar una herramienta puede ser sencillo. Saber qué problema resolver, qué datos utilizar, qué riesgos asumir, cómo integrar una solución en una organización y cómo medir si realmente aporta valor exige algo más difícil de encontrar: criterio.
El criterio se forma con conocimiento, experiencia y contacto con problemas reales. Puede apoyarse en la inteligencia artificial, claro, pero sigue dependiendo de personas que sepan interpretar, decidir y hacerse responsables de lo que construyen. En los próximos años, ese tipo de perfil va a marcar una diferencia enorme entre compañías que simplemente adoptan tecnología y compañías que consiguen utilizarla para crecer mejor.
En las startups se ve con mucha claridad. Las funciones están cada vez más conectadas. Un CTO necesita entender mercado, clientes y modelo de ingresos. Un fundador sin perfil técnico tiene que comprender producto, datos e inteligencia artificial lo suficiente como para tomar buenas decisiones. Un equipo de marketing trabaja ya con automatización, analítica, contenidos, experimentación y tecnología prácticamente a diario. Y vender una solución tecnológica exige conocer muy bien qué problema resuelve, cómo se integra y por qué una empresa debería apostar por ella.
Los perfiles más valiosos son, muchas veces, los que saben moverse entre varias conversaciones. Personas con una especialidad clara, pero con visión suficiente para entender cómo su trabajo afecta al crecimiento de la compañía. Gente capaz de hablar con producto, con ventas, con tecnología, con dirección y con cliente sin perderse por el camino. Ese talento no siempre aparece en los organigramas de forma evidente, pero cuando está dentro de una empresa se nota muy rápido.
También ha cambiado la forma de competir por esos perfiles. Un profesional tecnológico puede vivir en Valencia y trabajar para una empresa de Londres, Berlín, París o San Francisco. Puede formar parte de un equipo distribuido, incorporarse a una startup internacional o emprender desde cualquier lugar. Para el talento es una oportunidad fantástica. Para las ciudades y las empresas, un aviso claro: hay que ofrecer mucho más que un puesto de trabajo.
El salario sigue importando. Siempre importará. Aunque cada vez pesan más otras cosas: el proyecto, el aprendizaje, la autonomía, el equipo, el liderazgo y la posibilidad de crecer sin renunciar a una vida equilibrada. Esa combinación empieza a jugar a favor de ciudades como Valencia.
Durante años, Valencia se explicó hacia fuera sobre todo como un lugar atractivo para vivir. Esa ventaja sigue ahí y sería absurdo restarle valor. Pero la conversación ha cambiado. Cada vez más profesionales ven Valencia como una ciudad desde la que también pueden construir una carrera tecnológica ambiciosa, incorporarse a compañías interesantes, emprender, invertir, conectar con otros perfiles y participar en proyectos con recorrido internacional.
Nada de esto ha ocurrido de golpe. Se ha ido construyendo con universidades que generan talento, startups que han crecido, corporaciones que colaboran más con emprendedores, inversores que miran la ciudad con mayor atención y una comunidad que ha ganado confianza. También influye algo muy propio de Valencia: aquí las conexiones todavía se producen con bastante naturalidad. Los fundadores se cruzan con inversores, las empresas con talento, las instituciones con proyectos y las universidades con necesidades reales del mercado.
Muchas oportunidades nacen así. De una conversación concreta, de una presentación en el momento adecuado, de un referente cercano o de un proyecto que encuentra el apoyo que necesitaba para avanzar. Cuando eso ocurre con frecuencia, una ciudad empieza a construir una ventaja que no siempre se ve desde fuera, pero que quienes trabajan dentro reconocen enseguida.
Desde Startup Valencia y VDS llevamos años trabajando para reforzar esas conexiones. VDS ha ayudado a situar Valencia en conversaciones internacionales sobre tecnología, inversión y empresa. Cada edición trae a la ciudad a fundadores, inversores, corporaciones, líderes tecnológicos y profesionales que están tomando decisiones relevantes sobre el futuro de sus compañías. Esa visibilidad importa, aunque lo más valioso es lo que permite activar alrededor: relaciones, oportunidades, aprendizaje y nuevas conexiones para quienes ya forman parte de este entorno.
En ese contexto encaja NextTalent, la plataforma de talento impulsada en el marco de VDS. Nace de una realidad que vemos a menudo: muchos jóvenes y perfiles emergentes tienen curiosidad por el mundo tecnológico, pero no siempre saben por dónde empezar. Necesitan referencias, contacto con startups, conversaciones con profesionales, retos reales y una idea más clara de las oportunidades que existen. NextTalent quiere abrir esa puerta y acercar ese talento a quienes ya están construyendo compañías, productos y proyectos innovadores.
Ese trabajo irá ganando peso. El talento necesita formación, acompañamiento, referentes y oportunidades reales. También necesita que profesionales de otros sectores puedan reciclarse, que la universidad trabaje más cerca de la empresa y que los perfiles internacionales encuentren aquí un lugar atractivo para desarrollar su carrera. Si España quiere competir mejor en tecnología, tendrá que acelerar esta agenda.
El emprendimiento español ya ha demostrado que sabe crear compañías interesantes, atraer inversión y ganar visibilidad fuera. Ahora necesita escalar más, vender más en mercados internacionales, construir equipos directivos más sólidos y consolidar empresas capaces de competir durante muchos años. Para llegar ahí hacen falta perfiles senior, experiencia global, liderazgo, cultura de crecimiento y una relación más fluida entre talento, capital y empresa.
Valencia puede ocupar un lugar relevante en ese mapa. Tiene calidad de vida, pero también proyectos, comunidad, universidades, inversión, conexiones y una ambición creciente. Puede ser una ciudad donde el talento tecnológico encuentre espacio para trabajar en compañías exigentes, aprender cerca de buenos equipos, emprender con apoyo y formar parte de una comunidad con vocación europea.
La tecnología va a seguir avanzando, seguramente más rápido de lo que muchas organizaciones pueden asumir. La cuestión es si seremos capaces de preparar a las personas que tienen que trabajar con ella, decidir sobre ella y convertirla en mejores empresas. Buena parte de nuestra competitividad dependerá de esa respuesta. También el futuro de Valencia como hub tecnológico.