¿Y si lo que te hizo destacar ayer es lo mismo que te está frenando hoy?
Tienes un negocio en marcha, empleados que viven de tu negocio, unas métricas que demuestran que tu producto funciona. Has conseguido lo que muy pocos: crear valor de la nada. ¿Qué puede haber más difícil?
Esperabas que, llegado este día, te podrías relajar. Pero las cosas solo se complican más. Como si te chocaras contra un muro, una y otra vez, no puedes avanzar.
Grandes o pequeños, todos tenemos nuestros muros. Y lo curioso es que no se parecen en nada a los de nuestro principal competidor.
Porque nuestros mayores muros no siempre se encuentran en el mercado, a veces están en nuestra mente, y no siempre se dejan ver.
Algunos comportamientos que hoy nos frenan son difíciles de detectar porque, en su día, fueron nuestros mejores amigos:
- Tu autoexigencia estuvo al pie del cañón cuando nadie daba un duro por tu proyecto. Pero ¿es la misma que hoy te tiene machacado porque ningún logro es suficiente?
- Tu sentido de la empatía convenció a tus primeros clientes. Pero ¿te has fijado en que se ha convertido en el psicólogo de toda la oficina?
- Tu atención por el detalle era única manteniendo la caja bajo control. Pero ¿quién le ha mandado revisar cada coma de lo que hacen tus empleados?
La cuestión es: ¿hoy te siguen ayudando? ¿O lo que antes era un trampolín se ha convertido en un muro?
A mí me ha pasado…
En mi familia somos muchos (tengo primos allá donde voy) y estamos muy unidos. Un poco al estilo de las películas italianas, pero sin tiroteos de por medio.
Cuando monté mi empresa, tener su apoyo fue mi trampolín. ¿Que necesitaba un abogado? ¿Un programador? ¿Un diseñador gráfico? Ahí estaban, sentados a la mesa los domingos. Ver cómo creían en mí me dio el impulso que necesitaba.
Contar con una familia como la mía es un lujo. El problema aparece cuando confundes su apoyo con validación y te vuelves dependiente. Yo caí en esa trampa.
Si sentía su apoyo, avanzaba. Si percibía sus dudas, me bloqueaba. Creía que era dueña de mis decisiones, pero era mi necesidad de complacer la que guiaba la evolución de mi negocio. Lo peor: nadie me lo había pedido.
La gota que colmó el vaso fue cuando mi socia, también un familiar cercano, decidió abandonar el proyecto por motivos personales, algo que yo entendí perfectamente y apoyé. O eso creía… Porque, de forma inconsciente, mi cerebro lo interpretó como una falta de validación. Y seguir adelante con el crecimiento de mi empresa, pasó a ser un riesgo para mi bienestar emocional. Me bloqueé... Y lo más duro fue que no entendía el porqué.
Mi cerebro me había jugado una mala pasada
Con el tiempo lo comprendí: para ahorrarme el rechazo en el contexto de la empresa familiar, había estado repitiendo una y otra vez el mismo patrón de comportamiento: complacer. Y hasta ese momento, me funcionó de maravilla.
Muchos de los comportamientos que hoy nos frenan nacieron en nuestra infancia para protegernos de los malos tragos. Cada vez que aparece una amenaza que puede provocar una emoción parecida —rechazo, miedo— el cerebro los activa de nuevo. Incluso años después.
Al no entender cómo funcionaba mi cerebro, acabé justificando mi bloqueo por la situación del mercado inmobiliario en el que opera mi empresa: falta de stock de vivienda, inseguridad jurídica, subida de precios…
Esos muros estaban, sí, pero ¿cómo iba a atreverme a abordarlos si aún no tenía identificados los que me frenaban por dentro?
Encajando las piezas
Descubrir un patrón me recuerda a completar un puzzle de miles de piezas: no lo resuelves del tirón; lo dejas sobre la mesa y le dedicas un rato cada día... Algunas ideas, si quieres completar tu propio puzzle:
- Saca el álbum de la infancia: las emociones más dolorosas suelen traer historia: una mala época en el colegio, un conflicto familiar... Y cuando algo las activa, se sienten: nudo en la garganta, presión en el pecho, el corazón se acelera. Preguntarme “¿qué otras veces he sentido esto?” me ha ayudado a poner cada cosa en su lugar.
- Escucha tu monólogo interno: detrás de cada patrón hay una creencia. Y estas se asoman en nuestros momentos bajos. Cuando me regaño a mí misma porque mi empresa no escala como esperaba, sé que ahí hay material. Tira de ese hilo.
- Tómate un café con otros emprendedores: abrirte con personas que han pasado por situaciones parecidas es como mirarte en un espejo de cuerpo entero. Ves detalles que se te habían pasado por alto. Además, ¿a quién no le gusta desahogarse?
Nuestros patrones están aquí para protegernos, el problema es que nuestro cerebro no entiende de edades ni de contextos: que seas un CEO exitoso o ese niño que se escondía debajo de la cama le da exactamente igual…
Entender cómo y cuándo se activan es como tener un mando a distancia. El botón de continuar sigue ahí. ¿La diferencia? Ahora tienes unos segundos para pensar.