De pequeño tenía miedo a la oscuridad. Era un niño con mucha imaginación. Tenía un rebaño de ovejas en casa. Aún recuerdo cuando las llevamos al campo para que fueran libres. Mis padres nos solían acompañar a la cama y rezábamos (aún lo hago con mi hija pequeña, y sólo). Mi padre nos hacía unas caricias en la espalda que aún recuerdo. Eran súper relajantes y nos invitaban a dormir y descansar. Mi hermana Núria y yo nos peleábamos para ver a quién le hacía más caricias. Estoy convencido que nadie ganaba porque mi padre es la persona más justa que conozco, pero cuando nos dejaban en el cuarto para que nos durmiésemos, necesitaba algo de luz en el pasillo. La oscuridad me daba miedo. Los monstruos “venían a buscarme”. Es cierto, que una vez me dormía, eso desaparecía. Con la edad, ese miedo fue desapareciendo, hasta el punto de que voy a oscuras siempre por casa y Mariela, mi mujer, se queja de que no enciendo suficientes luces.Cuando me convertí en emprendedor esos miedos volvieron… y lo hicieron por mis propios monstruos. Volvieron para atormentarme, para atormentarnos. Y no era la oscuridad o falta de luz natural, era la falta de luz interior. Esa falta de luz que me hacía no dar mi mejor versión. Y eso me aterra. Cuando me siento mal, el peor momento es el de ir a dormir. En esa “oscuridad” sale lo peor de mi… Salen los peores pensamientos. Me toca volver a luchar contra esa oscuridad. Por suerte, he ido aprendiendo a hacerlo, y voy ganando, pero es una lucha constante. Es un ejercicio de autocuidado constante, de introspección, de dedicarme tiempo de calidad, de tomar acciones en la dirección adecuada (¡qué complicado saber cuál es!)…¿Cuáles son mis herramientas preferidas? La primera, la respiración. Aprendí el poder de la respiración tras mi primer ataqué de ansiedad que me llevó a la sala de urgencias (puedes conocer todos los detalles en el podcast nº3 de Ancla que grabé hace unos años). Elena, mi psicóloga, me hizo hacer ejercicios de respiración. Todos creemos saber respirar, porque si no morimos, pero la realidad es que respirar es un “arte”. Ahí recordé todo lo que había aprendido de mis años de estudio de flauta travesera. Es mi ejercicio por defecto, porque lo puedo hacer en cualquier sitio (incluso en reuniones en las que siento que empiezo a sentirme mal). El segundo, un audio. En esas sesiones con Elena pude grabar un audio que me lleva a un sitio de paz. Es el camino que va de mi cuarto (en casa de mis padres) al jardín. Esos pasos, ese camino, ese punto final… me llevan a un lugar de paz. Pero para ello necesito un espacio para mí, para poder escuchar con calma ese audio.¿Qué es mi mejor versión? Para mí esa es la que me hace estar orgulloso de mí, pero sobre todo la que quiero que mis hijos (Lucía, León y Laia) recuerden de mí. Esa versión en la que puedan verse reflejados. Sigo luchando porque esa versión sea la predominante, pero no siempre lo consigo. Pero si algo me reconforta es escuchar a mis hijos decir que están orgullosos de mí. Ese es el mejor premio en esta lucha contra la oscuridad.