Más que destinadas a entenderse, están obligadas a hacerlo. Cuando una startup decide comunicar su proyecto, puede pensar que lo más difícil será encontrar una buena historia, pero a veces existe un reto todavía mayor: conseguir que periodistas, agencias y portavoces, cada uno con sus tiempos, prioridades y expectativas, hablen el mismo idioma.
Es entonces cuando aparecen los correos marcados como “URGENTE” y las llamadas para comprobar si “has recibido mi email”. Sí, lo hemos recibido, a menos que estemos viviendo otro apagón como el que dejó a España sin luz, internet y cobertura, lo normal es que los correos lleguen. TODOS. Y eso sin hablar del CEO que quiere revisar por tercera vez una declaración de dos líneas o que pregunta, con total naturalidad, si podrá aprobar el artículo antes de que se publique.
Mientras una empresa considera que el lanzamiento de una nueva funcionalidad merece abrir todos los informativos, el periodista quizá no vea la incorporación de un botón a una plataforma como un acontecimiento de interés nacional. En medio de todo esto están las agencias, ejerciendo de traductoras, mediadoras y, en ocasiones, de terapeutas.
En esta convivencia surgen los que nosotras llamamos “PR dramitas”: historias de desencuentros, expectativas imposibles y cierto desconocimiento sobre cómo funcionan las redacciones. La buena noticia es que casi todos estos episodios dejan grandes anécdotas, y, dicho sea de paso, me lo he pasado muy bien recopilándolas.
En este reportaje, seis periodistas comparten situaciones reales, contadas con humor, pero también con moraleja. Merece la pena leerlas, tomar nota y, sobre todo, evitar convertirse en el próximo protagonista.
¿Quién no quiere ser Robert Redford?, por David Vázquez
En mis primeros días como becario en la redacción de El País, no sé a quién le oí decir que uno no era periodista de verdad hasta que lo denuncian. Me pareció una exageración muy del oficio. Pensaba que, si uno hacía las cosas bien, no había ningún motivo para pisar nunca un juzgado. Me equivocaba.
La realidad es que en estos 10 años en la profesión he recibido dos denuncias. Ambas llegaron por reportajes de los que me siento muy orgulloso. En el primero, me infiltré en un grupo religioso. El segundo empezó como arrancaban siempre mis mejores aventuras en mis años en Business Insider España, es decir, con Lucas García Alcalde diciéndome: “Manín, creo que tengo algo”.
Ese algo era una sospecha: Duehome, una empresa de muebles, hacía trampas con sus valoraciones en Amazon. Como esa historia ya está contada, no me extenderé: tras un mes investigando, Lucas y yo destapamos la verdad. El resultado fue un artículo que tuvo mucha menos repercusión de la que nos hubiese gustado y un burofax. Finalmente, denuncia por intromisión en el derecho al honor, que es la que nos cae a los periodistas cuando no saben muy bien por qué denunciarnos.
No diré que fuera una buena experiencia, pero la tranquilidad de haber hecho bien nuestro trabajo lo hizo relativamente llevadero. Para el recuerdo, a Lucas y a mí nos quedó una sentencia absolutoria y un escrito de defensa que nos compara con Carl Bernstein y Bob Woodward, los periodistas que destaparon el Watergate. Por supuesto, Lucas sabe que yo me pido a Woodward: ¿quién no quiere ser Robert Redford?
Apuntes sobre ser débil con los débiles, por Marta Godoy
Era el año 2021, y todavía no teníamos la IA hasta en la sopa, y en Business Insider nos adentramos en hacer reportajes sobre empresas pequeñitas pero que, sin embargo, eran claves para gigantes en este caso del retail. Era una forma muy interesante de desmarañar a multinacionales bastante recelosas. En este caso era una startup valenciana y una de sus directivas estuvo encantada de contarnos para qué empresas trabajaban. Entre ellas, claro, estaba el grande entre los grandes: Mercadona. Ya teníamos titular. Solo duró publicado una hora. La misma directiva dicharachera de días atrás me llamó absolutamente sobrepasada. El mensaje era claro: Mercadona no quería ser mencionado y de mantenerse el titular , la compañía dirigida por Juan Roig finalizaría su relación comercial con la startup.
No dudé en editarlo. Nunca lo hice por cumplir el deseo absurdo y estéril de Mercadona sino por la supervivencia de una pequeña empresa. No quería ser yo la piedra, en el camino de alguien que estaba trabajando duro por crecer. En el periodismo, como en la vida, hay que ser fuerte con los fuertes y débil con los débiles.
La sequía de cada verano, por Bea Aznar
Todo periodista que ha trabajado en agosto sabe que la sequía más preocupante no es la que azota España cada verano, sino la convierte los planillos de las redacciones en páramos yermos.
El crítico cajón de noticias en nevera es capaz de evaporarse a la misma velocidad que crece el cortisol de los periodistas que guardan el fuerte en torno al 15 de agosto.
De ahí que cuando un tema se cierra en planillo es inamovible e innegociable. Sale ese día sí o sí; cualquier alteración de última hora es una crisis en toda regla.
Pero, como se suele decir, "haberlas, haylas". Sucedió hace unos años, también en la semana del 15 de agosto. Tenía el tema de apertura del domingo planificado y, de repente, el jueves saltó la bomba: la agencia me comunicó que el protagonista, de vacaciones, quería revisar sus declaraciones la semana siguiente.
Pánico. SOS. Un agujero negro me desafiaba desde el planillo. "Ni dejando a medio sector sin siesta de aquí al domingo levanto esto", pensé. Fue entonces cuando, cual hada madrina de la comunicación, la responsable de la agencia se apiadó de mí. Me ofreció un tema alternativo, con fuentes y documentación lista para publicar; de esos que en el argot periodístico decimos que solo necesitan un poco de ‘chapa y pintura’ para adaptarlos al estilo de la casa.
El domingo, el tema fue un éxito. Aquello animó tanto a la compañera de la agencia que el lunes ya tenía otras cuatro propuestas sobre la mesa. "¿Es que esta mujer no descansa?", me pregunté.
Es curiosa esta simbiosis entre periodistas y agencias: estamos condenados a entendernos en un sutil equilibrio de fuerzas.
Cuando Jeff Bezos me preguntó si quería invertir en su negocio, por Manuel González
Esta historia empieza con un NDA, las siglas en inglés de “acuerdo de confidencialidad”, que a las compañías tecnológicas les encanta enviar a los periodistas. Tras firmarlo, recibí una llamada telefónica. Entrevista a Jeff Bezos en Milán para hablar de Paperwhite, el primer lector de Amazon con pantalla retroiluminada. En este caso, el gadget era lo de menos, porque no todos los días tienes la oportunidad de entrevistar a una de las personas más ricas del mundo. Si ya estaba nervioso por no meter la pata durante la entrevista, la espera sirvió para ponerme aún más. Bezos apareció con una sonrisa, tremendamente atento y simpático. Lo microfoneamos, nos sentamos y comenzamos a charlar. Mi pregunta final entonces fue “¿me llevará usted al espacio?”. Por poner en contexto, en 2012, Blue Origin aún no había realizado ningún vuelo espacial. “Por supuesto -contestó entusiasmado-, ¿quieres invertir en mi empresa?”. La respuesta me pilló con la guardia baja. No esperaba que el dueño de Amazon me propusiera ser inversor de sus negocios. Entre risas finalizó la entrevista, salvo que yo tenía un as bajo la manga. Sabía que había estado en Madrid de incógnito y que en ese viaje había ido a comprar una capa tradicional española (que parece que chifla a los millonarios y famosos estadounidenses). Al comentárselo -ya los dos de pie-, se sorprendió de la información, pero no dudo en estar varios minutos más conmigo, contándome cómo había ido con su familia a Capas Seseña y lo fascinantes que le parecían. Nos saltamos el protocolo. Arañé 5 minutos más, mientras sentía en mi nuca al equipo de Amazon y Kindle, que no entendía de qué hablaba Bezos conmigo. Y así acabó mi breve encuentro con el fundador de Amazon. Él proponiéndome ser su inversor y yo hablándole de moda española.