Durante mucho tiempo pensé que mi problema era la disciplina. Que quizá no era suficiente, que no estaba preparado para liderar mi proyecto o que me faltaban herramientas. Me puse muchas zancadillas a mí mismo sin tener hechos reales que las sostuvieran. Sentía, y a veces sigo sintiendo, que no avanzaba como antes. Y mi cabeza me repetía lo mismo”: no estás empujando lo suficiente, tienes que hacer más”.
El problema no era saber qué hacer. Lo sabía perfectamente como fundador y CEO: levantar el teléfono, llamar, vender, cuidar al equipo, cerrar una ronda… Pero también sabía algo mucho más importante: ya no estaba disfrutando del camino, y quería volver a hacerlo.
Aun así, no podía. Y cada día que pasaba se me hacía más difícil disfrutar del día. No por falta de ganas, no por falta de compromiso, sino porque algo dentro de mí ya no respondía igual.
Desde fuera, todo parecía estar “bien”: Empresa creciendo, nuevas incorporaciones, una ronda cerrada recientemente en un contexto complicado de capital… De cara al exterior, todo era “éxito”. Por dentro, no. Había cansancio, confusión y una sensación difícil de explicar: no podía seguir empujando como antes… pero tampoco sabía cómo parar. Y, aun así, sabía que necesitaba parar.
Recuerdo que, en una de las primeras sesiones con mi coach en febrero de 2025, me
dijo:
“Javi, necesitas parar.”
Yo le respondí que sí, que en Semana Santa me cogería unos días.
Él sonrió y me dijo algo así como: “Si no, siempre podrás hacerlo en octubre…”
Lo entendí con el tiempo: siempre encontramos una excusa para alargar las cosas
que nos cuestan.
Ha pasado casi un año y la realidad es que no he conseguido parar todavía. No porque no quiera si no porque no sé cómo hacerlo. Eso me genera mucha impotencia, especialmente siendo una persona tan racional, orientada a hechos, poco acostumbrada a relacionarse con lo emocional.
Mi error fue interpretar mal ese bloqueo y exigirme más justo cuando el cuerpo ya
estaba al límite. Y el cuerpo me habló: dificultad para respirar con una sensación constante de falta de aire, el párpado vibrando durante semanas, dormir y levantarme cansado.
No como castigo, si no como protección.
No siempre que no avanzas es porque no quieres. A veces es porque no puedes desde el lugar interno desde el que estás empujando.
En mi caso, tenía mucho que ver con una identidad muy ligada a hacer, sostener y no
fallar... A los demás, y a mí mismo. Mucha exigencia y muy poca autocompasión.
Mirar hacia dentro me está doliendo. Sobre todo porque nunca lo había hecho.
Pero empiezo a entender que ahí está la raíz de todo…. Con el tiempo he ido entendiendo algunas cosas, aunque de forma muy incipiente. La verdad es que he aprendido mucho… y nada a la vez.
He aprendido que necesitaba ayuda, y pedirla.
Que esto no se resuelve rápido.
Que llevaba demasiado tiempo con el motor a altas revoluciones.
Que parar no es una opción, es una necesidad.
Y que forzarme a estar bien mañana es contraproducente.
No tengo respuestas cerradas todavía, pero sí he empezado a moverme de otra
forma. Lo que me está ayudando no es una receta mágica, sino pequeños cambios: el
acompañamiento de mi coach, empezar a escuchar las señales físicas sin ignorarlas,
retomar el deporte, aceptar que no todo se arregla haciendo más y, sobre todo, poner
palabras a cosas que antes solo empujaba.
No escribo esto desde un “ya lo superé”. Lo escribo desde un “lo estoy atravesando”.
Y si algo tengo claro hoy es que seguir adelante sin revisarte por dentro acaba te
pasando factura, a ti y a tu proyecto. No es sostenible.
Si estás en un punto parecido, ojalá estas líneas te ayuden. A veces, ponerle palabras a lo que nos pasa ya es un primer paso. ¿Desde dónde estás empujando ahora mismo: desde la exigencia… o desde el autocuidado?